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Vive y transmite el Evangelio

Acusadores ante el espejo | Evangelio del 6 de abril

By 2 abril, 2025No Comments


Evangelio según San
Juan 8,1-11:

En aquel tiempo, Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.
Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

Acusadores ante el espejo

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 06 de Abril, 2025 | Domingo V de Cuaresma.

Is 43: 16-21; Fil 3: 8-14; Jn 8 :1-11

¿Quién sabe? A lo mejor la mujer adúltera que hoy presentan a Jesús, deseaba, paradójicamente, salvar su matrimonio, pues sabía que el hecho de no tener hijos suponía una causa para ser repudiada, como en muchas legislaciones antiguas.

O pudiera ser que alguien la sedujo, en un momento en que ella no podía soportar la angustia o el maltrato. La realidad es que su acción la llevó al borde de la muerte a manos de una turba a la que nada interesaba su vida; querían que fuese un mero instrumento para desacreditar al joven Maestro.

En realidad, el testimonio de perdón de Cristo comienza antes de la angustiosa escena de la pobre mujer, en las primeras líneas del Evangelio de hoy, pues se encontraba enseñando en el Templo y, en medio de su acto de magisterio, se ve interrumpido por quienes le envidiaban y odiaban. Pero Él les atiende y les escucha.

Esta puede ser la primera lección para comprender e imitar la misericordia que vivió Cristo en todo momento. Cuando hablamos de perdón, normalmente pensamos en graves ofensas, faltas o defectos lamentables. Pero todo empieza por perdonar pequeñas cosas, como puede ser una interrupción, olvidar un aniversario o un momento de enfado.

Eso es verdad a nivel emocional y especialmente en la vida espiritual. Por eso una mamá procura que sus dos hijos se den un abrazo después de haber peleado por el trozo más grande de tarta helada (debo confesar que es mi caso personal). Pero también se cumple la promesa de Cristo: si somos capaces de perdonar las pequeñas cosas, recibiremos la gracia para hacer lo mismo en asuntos graves, muy serios, que nos harían perder la paciencia. Esto se comprende porque la Providencia nos prepara a fin de que demos testimonio de un amor caracterizado por la misericordia, el que necesitamos todos en cada momento, el que recibimos de Dios Padre cuando hacemos mal algo que es poco importante o, al contrario, esencial, como ofender o ignorar al prójimo.

Aunque lo que hemos oído en el Evangelio NO ES una parábola, me gustaría ilustrarlo y confirmarlo con una pequeña historia que nos recuerda lo importante del perdón de las pequeñas cosas.

Dos hermanos caminaban juntos por un sendero polvoriento. Mientras hablaban, el más joven, Samuel, se sintió ofendido por un comentario casual de su hermano. Aunque el comentario no era grave, el menor lo tomó como una falta de respeto y pasó el resto del camino en silencio, con el corazón cargado de resentimiento.

Al llegar a casa, su padre los vio y preguntó:

Samuel, pareces preocupado. ¿Qué ocurre?

Samuel explicó lo sucedido, esperando que el padre reprendiera a su hermano. Pero el padre sonrió y dijo:

Cuando el viento sopla y mueve las hojas de un árbol, ¿el árbol se enoja?

No, papá —respondió Samuel.

Entonces, ¿por qué permites que una simple brisa perturbe la paz de tu corazón? Los pequeños agravios son como el viento: vienen y se van. Si los retienes, solo te haces daño a ti mismo. Aprende a dejarlos pasar como las hacen las hojas con el aire.

—ooOoo—

Cuando perdonamos, todo nuestro ser se pone en movimiento. Nuestros recuerdos, sueños, alegrías y tristezas van ocupando el lugar que les corresponde, el espacio adecuado en el corazón. Asimismo, el ser conscientes de haber sido perdonados y de seguir recibiendo el perdón, nos hace de verdad felices. A eso nos exhorta la Primera Lectura de hoy:

No recuerden lo pasado, no piensen en lo de antes. Pues voy a hacer algo nuevo; ya brota, ¿no lo sienten? Abriré un camino en la estepa, pondré arroyos en el desierto; me honrarán las bestias del campo, chacales y crías de avestruz. Llenaré de agua la estepa, pondré arroyos en el desierto para que beba mi pueblo, mi elegido, este pueblo que formé para mí; él proclamará mi alabanza.

Un buen amigo, hablando de su esposa, me decía: No me explico cómo puede quererme, si no soy inteligente ni demasiado sensible; no entiendo cómo puede tener tanta paciencia conmigo, cómo aguanta mis manías… Mi amigo no era capaz de comprender el perdón recibido. Nadie de nosotros los somos; es algo más grande que nuestras razones o nuestras experiencias. San Pablo escribe en Filipenses 4:7 que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús.

El perdón es la piedra angular de cualquier relación, afectiva, educativa o de otro tipo. Damos por sentado que los demás ven -o deberían ver- la vida como nosotros la vemos. Sin embargo, hay tantas percepciones y formas de sensibilidad como personas en este mundo. Y de ese modo, nuestra falta de comprensión de las emociones y sentimientos de los demás crea brechas en forma de falta de comunicación, ira, alejamiento y desconexión emocional. Sin embargo, abrazarnos al perdón ayudará a salvar esas brechas.

El perdón es propio de personas realistas y maduras, tanto psicológica como espiritualmente. Significa saber acoger la contrariedad que me puede producir alguien, por diversas razones, consciente o inconscientemente. Una mujer que sufrió de forma espantosa durante su niñez y primera juventud, concluía: Perdonar comienza renunciando a la esperanza de que el pasado pudiera haber sido diferente. El perdón exige aceptar lo que pasó tal y como pasó en lugar de lo que podría o debería haber pasado.

Incluso si nos corresponde de alguna manera juzgar a los demás, porque hemos de corregirle o eventualmente imponerle una pena, hemos de tener muy presente nuestra condición personal de pecadores, de siervos inútiles.

Moisés Maimónides (1135-1204), el filósofo judío más destacado de la Edad Media, escribió:

Los sabios de antaño eran extremadamente reacios a ser nombrados [jueces]. Evitaban sentarse en el tribunal a menos que estuvieran seguros de que no había nadie más tan cualificado como ellos y de que el sistema judicial se derrumbaría si no prestaban servicio. Incluso entonces, solo se sentaban en el tribunal cuando la comunidad y los ancianos los presionaban, suplicándoles que aceptaran el nombramiento.

¿Qué escribió Jesús al agacharse en el suelo ante la mujer adúltera? Una vez San Jerónimo sugirió que escribió los pecados de los acusadores, lo cual no parece ser muy verosímil. Sin embargo, está bien documentada la costumbre entre los pueblos semíticos de garabatear en el suelo mientras se piensa o se quiere liberar la tensión o controlar la irritación ante otro que hace preguntas absurdas o provocadoras.

Algunos creen que Jesús escribió los pecados de quienes querían apedrear a la mujer, lo que explicaría por qué se retiraron uno a uno. O bien que, basándose en Jeremías 17:13 (Los que se apartan de mí serán escritos en el polvo), puede que escribiese los nombres de los fariseos allí presentes, como un acto de juicio. Otros sugieren que Jesús pudo haber escrito pasajes de la Ley, recordando la misericordia y la justicia de Dios. Hay quien dijo que Cristo escribió el nombre de la mujer, para demostrar que su identidad no era la de “adúltera” o “flagrante transgresora de la Ley”. Desde luego, este momento nos produce una curiosidad irresistible, por ser la única vez que Jesús escribe algo.

Dado que la Escritura no lo revela, lo importante del pasaje es el mensaje de gracia y perdón de Jesús: El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra. Fue una manera genial de traer la paz, en primer lugar, evitando la violencia y la muerte, pero, además, provocando una confesión implícita por parte de los que estaban dispuestos a lapidar a esa mujer.

Sin duda, la mirada de Cristo a la pobre mujer fue una inyección de esperanza. El Maestro reconoce y le advierte que ha obrado mal, que ha hecho daño y ha producido un escándalo. Pero le dice: En adelante no peques más. Si lo decía el Maestro, quien me acaba de perdonar, es porque será posible. Es porque no me abandonará. Me seguirá mirando con misericordia. Aunque seguro que mañana volveré a pecar, pero tendré ocasión de pedir perdón, de mirarle y que me mire otra vez, como hacemos en la Eucaristía al reconocer nuestras faltas de pensamiento, palabra, obra y omisión… aunque no las recordemos todas. Pero el celebrante levanta el Cuerpo de Cristo para que le miremos como sin duda le miró la mujer que iba a ser lapidada. Por eso no muere nuestra esperanza. Por eso, como ella, podemos renovar nuestro arrepentimiento.

Al ser conscientes del perdón divino, en particular a través de la confesión, lo que normalmente llamamos “confianza en Dios” se va transformando en verdadera esperanza. Ese es un trabajo del Espíritu Santo. Más allá de sentir la liberación de la carga de mi pecado, lo esencial es comprobar que Cristo siempre encuentra la forma de seguir caminando a mi lado, de invitarme a compartir su anhelo y aspiración, por muy indigno que yo sea. Esa es la forma de perdón que tú y yo deberíamos imitar como cristianos. En el caso de la mujer adúltera, Jesús utiliza la cercanía física, el agacharse y ponerse a la altura de quien era despreciada y amenazada, para que sintiera su cercanía consoladora.

Dice San Mateo (6: 14-15): Si ustedes perdonan a los demás el mal que les hayan hecho, también les perdonará a ustedes el Padre celestial. Pero, si no perdonan a los demás, tampoco el Padre les perdonará los pecados que hayan cometido. El sentido de esta frase, que repetimos en el Padrenuestro, no es una amenaza, no es que Dios nos castigará negándonos su perdón, sino que, al no haber querido perdonar, no estamos preparados para acoger el perdón que intenta darnos.

Esta página del Evangelio de hoy no deja tranquilos a los que siguen reclamando el derecho, desde la fortaleza inexpugnable de su respetabilidad, de lanzar piedras ya no con las manos, sino difamando, aislando, pronunciando juicios duros, alimentando la desconfianza, difundiendo murmuraciones y críticas. Jesús no tolera a nadie que lance estas piedras dolorosas y crueles contra los que se mantienen con dificultad, doblados bajo el peso de sus propios errores.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente