Carisma

El carisma idente se concreta en el seguimiento e identificación con Cristo, viviendo y testificando, bajo la acción del Espíritu Santo, una conciencia filial que tiene al Padre Celeste como modelo de santidad. La santidad filial es, por tanto, la misión primordial a la que ha sido llamado cada uno de los misioneros y misioneras, y así lo señala el Fundador:

Que vuestra santidad la elevéis a la categoría de misión, misión que ha de ser exclusiva en vuestra vida. Porque todo lo demás, la teología, la conversión de las almas, la expansión territorial, los medios humanos, todo es añadidura con toda la dignidad y justicia que se quiera, pero añadidura a fin de cuentas. Lo único invariable, neto, que no está medido por la fugacidad del tiempo o de la historia y que ni siquiera es apreciable externamente, es ese amor sancionado con caracteres absolutos, inmutables, entre Él y vosotros.

Partiendo de aquí, el carisma idente se concreta en la vivencia y testifimonio de la filiación divina, siguiendo el mandato evangélico: "Id y predicad el Evangelio", mandato que lleva inscrito en el neologismo idente,  construido con el imperativo id del verbo español ir y la desinencia ente del participio latino -ens, -entis.

El carisma está fundado sobre estos tres principios evangélicos:

1) la vocación a la santidad, en respuesta al mandato: "sed santos como vuestro Padre Celestial es santo" (Mt 5,48);

2) la promoción de la vida comunitaria y el espíritu de familia, confiando en el consejo promisorio de Jesucristo: "cuando dos o más están reunidos en mi nombre allí estoy en medio de ellos" (Mt 18,20).

3) la prioritaria dedicación a la misión evangelizadora, a la que se está totalmente dedicados siguiendo el imperativo apostólico: "id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación" (Mc 16,15).